En las mañanas

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“Corre, apúrate, ya vamos tarde, siempre dejas todo hasta el final; te lo dije ya no llegamos”. Letanías diarias de todas las madres cada mañana o antes de algún evento importante. Nos generamos tanto estrés, y de paso, se lo generamos a nuestros hijos.

Así recuerdo que pasé los primeros años del kínder de mi peque mayor, si del kínder. ¡Qué ridiculez! Ahora en la primaria, llevamos casi seis años sin broncas. Sólo nos levantamos antes y dejamos preparado uniforme y mochila. Dos cambios hacen una gran diferencia ahora. No hay gritos, no hay reproches, el nene va tranquilo a la escuela.

Con la niña me he vuelto mucho más relajada. Pasé los primeros cuatro años del kinder llegando tarde. Sí, así de cínica; si la hora de entrada era a las 9:00, la levantaba a las 8:30 y llegábamos 9:30. Las misses hablaban conmigo (nunca en tono de amenaza ni mucho menos) y sutilmente me recomendaban: “Si llegara un poco antes, avanzaría más en inglés o en ajedrez”. Me fui al otro extremo.

Este año, el último del kínder, hablé con mi hija y le dije que si quería llegar temprano a la escuela, la iba a tener que levantar una hora y media antes de lo habitual, a las 7:00 am para evitarnos los dramas, carreras y enojos. Estuvo de acuerdo. Ahora es de las primeras en llegar.

Sacrifico un poco de sueño personal, pero ella se levanta con calma, toma su leche, pone una película o su programa favorito, come un desayuno completo, va al baño sin prisas, la peino como me diga, se lava los dientes y escoge un juguete para que la acompañe en el trayecto (de 15 minutos), subimos al coche ponemos música, cantamos, nos damos un gran abrazo y varios besos. Le pregunto: “¿Quién te ama?” A lo que contesta: “Túuuuuuuu” o a veces responde: “Yo me amo a mí”. Y llega el momento en el que la bajan del coche y, como desde el día uno, no voltea atrás. Las misses se sacan de onda; es que no saben que llevamos más de una hora disfrutando una de la otra.

Esos son los frutos de la paciencia, de dejar que corra el tiempo sin presiones, al ritmo de cada uno. Ejercer la paciencia no es en beneficio de los demás sino de uno mismo: menos enojos, menos estrés, más calidad de vida y un montón de detalles que por las prisas dejamos de disfrutar.

Foto Irene

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