Reírnos como niños

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Hace dos semanas fui al bautizo del hijo de una amiga y de show estuvo, ni más ni menos, que el Mago Frank y el conejo Blas.

No creerán lo que voy a escribir a continuación pero es real (manita en el corazón): en mi cumpleaños número 1 mi mamá me hizo una fiesta en el salón El Principito, que estaba en la colonia del Valle, el show corrió a cargo del mismo mago y su conejo, pero eso no es lo increíble. Lo raro del asunto es que recuerdo claramente cómo el mago preguntó: “¿Quién cumple años hoy?” Y mi tía Cristi, que me tenía sentada en sus piernas levantó mi mano derecha y la agitó.

Tan tan, ahí se acaba mi recuerdo. Nunca más volví a ver al mago Frank en vivo y ahora que tuve esa oportunidad (38 años después, cof cof) salió esa niña interna que tengo escondida.

Compartirlo con mis hijos fue un gran regalo. Mi hijo mayor de 11 años se rió sin parar, la menor igual. Después de una gran carcajada volteaban a verme y, obvio, yo también estaba muerta de la risa. Les digo, un regalo.

¿Por qué cuando crecemos se nos olvida reír tanto? ¿Por qué nos tomamos la vida tan en serio?

Los invito a reírse. A recordar algún momento importante de su niñez y compartirlo con sus peques. Es increíble cómo ellos se asombran al saber que nosotros en algún momento fuimos niños también.

Y ahí de favor, extiendan la niñez de sus hijos lo más que puedan, juguemos y disfrutemos con ellos esta mágica y hermosa etapa. Al final serán adultos toda la vida.

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