Cuéntale a Dios tus planes

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Hace dos Navidades mi hija se puso mal, fui al otorrino y mientras esperaba, veía a todos los enfermos que llegaban a esa pequeña sala de espera. Estuve a punto de irme porque veía los síntomas de los otros y Valeria era la menos enferma. Al lado de ella había una mujer embarazada, quería decirle que se fuera corriendo, que los bichos se podían ver en el aire.

Total, que después de esperar una hora y media, pasamos. El doctor la revisó, me mandó a hacer una prueba express de influenza y me dijo: “Te doy la receta por si sale positiva”. Si, el papel con las letras TAMIFLU. Obvio no, mi hija era la más sana de los presentes.

Fuimos al laboratorio y de ahí a mi casa, quedaron de llamar para darme el resultado. No acababa de cerrar la puerta cuando estaba sonando mi teléfono, era la secretaria del doctor con voz alterada: “Señora, salió positivo, su hija tiene influenza AH1N1”

Fuck

Mi mente se fue a mandarle vibras positivas a la señora embarazada que estaba sentada junto a Valeria para que no se hubiera contagiado.

Fuck

Había mandado a mi hijo a casa de una amiga. Eso me tranquilizó, pensé que ya estaba fuera de peligro, pero me bajaron rápidamente de mi nube; una enfermera que cuidaba a mi hija me dijo: “La incubación es de dos semanas, sólo hay que esperar a que le brote al niño”

Fuck

Entre si eran peras o manzanas le hice la maleta, fui por Max y lo llevé a casa de mis suegros. Lo vi hasta ocho días después. Le dije a mi muchacha que se fuera a su casa. Pedí las medicinas y el kit para sobrevivir a la pandemia que sucedía en mi casa: cubrebocas, Lysol, toallas desinfectantes, alcohol en gel y tres botellas de vino tinto. Jajajajajajaja OK no, el tinto no.

Era 22 de diciembre. Por supuesto no tuvimos Navidad, entre las nebulizaciones, medicinas cada tres horas y mi terror a contagiarme, la pasé fatal.

El doctor dijo que cinco días aislada y ocho en casa era todo. La semana me pareció un mes, pero mi hija reaccionó rápido al medicamento, a los cinco días ya estaba como nueva.

Llegó el 31 de diciembre, después de haber limpiado con Clorox y rociado de Lysol hasta en el último rincón, invité a mis suegros y a mi mamá a cenar a mi casa. Así sin ayuda, yo solita me la aventé, celebramos Navidad y Año Nuevo al mismo tiempo. Se lo debía a mi hija y me lo debía a mí. La pasamos genial, aventamos globos al cielo cargados de propósitos, cenamos y brindamos. A veces se nos olvida que lo más importante es tener salud y estar con los que queremos.

La vida cambia en un momento, por lo que debemos disfrutar y vivir al máximo cada día.

Así que mientras ustedes leen esto, yo estoy festejando mi cumpleaños con mis hijos, esposo, hermano, mamá y suegros. Pienso abrir una botella de champaña, comerme un trozo grande de pastel y dar gracias por este año, por todo lo bueno y lo malo; abrazar a mis hijos muchísimo e ir a una de mis grandes pasiones que es el cine.

Les dejo un video que me recordó el valor de todas aquellas pequeñas cosas que se nos escapan mientras vivimos en el remolino diario

Y no se les olvide:

Foto Irene

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