Me detuve para continuar

irene1

En agosto de 1995 cursé un semestre de intercambio en la Universidad de Wisconsin-Stout. Fue una experiencia increíble, conocí a tres chavas mexicanas que se convirtieron en mis hermanas; a las dos semanas ya tenía novio, el hombre más guapo del campus, y las clases eran pan comido. Todo era perfecto.

Moví cielo, mar y tierra (además de enviar muchos mails) para poder extender mi vida perfecta un semestre más. Y así fue, después de las vacaciones, logré regresar el semestre de enero a junio de 1996 a la tundra; si, el pueblito tenía la misma temperatura que Siberia.

Bueno, pues volví y sucedió que mi novio ya no lo sería por mucho tiempo, parece que como en diciembre no le pude contestar si me quería casar (tenía 21 años), pues no perdió el tiempo y se encontró a otra, mientras estuve en México para Navidad. Todo se me vino abajo.

Mi mamá insistía en que regresara en el siguiente vuelo: “¿Cómo para qué sigues allá?” Después de colgar con ella tomé mi chamarra y salí a clase de Relaciones Públicas, que era los martes y jueves de 2 a 3:30, a esta hora comenzaba a anochecer en enero. Al terminar, caminé de regreso al dormitorio y tenía que cruzar un gran parque. Era un día despejado a pesar de estar a menos 10 grados; hacía frío, pero no viento, así que podía levantar la cabeza y ver el cielo (generalmente uno caminaba rápido y con la cabeza agachada para evitar el aire helado).

En el momento en que vi el hermoso atardecer que estaba sucediendo recordé el consejo de El pequeño instructivo de la vida de observar una vez al año un atardecer. Entonces me detuve, permanecí hasta que el sol se ocultó. No fui la única, se unieron al espectáculo otras personas más.

Mientras la luz jugaba con los colores y cambiaba el cielo, pensé en lo hermoso que puede ser un final, en este caso del día, pero hice la analogía a mi viaje. La solución no era huir, al contrario, era tener un final distinto. Llamé a mis papás y les di la noticia: “Vine a estudiar no a tener novio. Voy a terminar el semestre y me regreso”.

No les diré que fue fácil, viví todo un luto. Toparme con el ex y con sus amigos era un verdadero calvario, pero en cuanto lo vi con su nueva novia algo sucedió en mí. Literal, el corazón se me congeló y dejé de llorar por él.

Dos meses después, regresando del spring break empecé a notar que me encontraba muy seguido a un chavo en el gym, en la cafetería, en el auditorio y en el antro. El día que salió el sol (de verdad después de seis meses de nieve y cielos grises, el día en que uno podía salir sin chamarra y ropa térmica era todo un acontecimiento) acompañé a mi roommate a andar en patines y nos vio; más tarde lo vi en el gimnasio y decidió hablarme. Al día siguiente lo encontré en el bar y ya no nos separamos hasta que regresé a México.

El último día que amanecí en ese pueblo, me levanté muy temprano, todavía estaba obscuro y esperé pacientemente el amanecer. Todo era negro y poco a poco el sol hizo su magia, iluminando y llenando el cielo de naranjas y azules intensos. Mi invierno había pasado, fue crudo y doloroso. Estaba ahora terminando ese ciclo junto a alguien que me hizo recuperar la confianza y que me quería, sabía que al final del semestre me regresaría y aún así se arriesgó a enamorarse. Ese amanecer paradójicamente era un final, la promesa de que aún la noche más obscura termina y sigue el día más soleado.

Una vez más me detuve para continuar con mi vida. Siempre buscando cómo lograr un final feliz.
(¿Y el novio número 2? Continuamos la relación por teléfono por más de un año y ahora cada cumpleaños nos mandamos un correo para felicitarnos y ponernos al tanto de nuestra vida. Gran tipo y el segundo hombre más guapo de todo el campus).

Foto Irene
Atardecer/Amanecer. Vale la pena detenerse un momento

Anuncios