Mamá improvisada

Les debo decir que me encanta saber exactamente lo que va a suceder, cómo responder y mantener todo bajo control, pero en mi caso la maternidad llegó y me tomó desprevenida; nadie me dijo lo que iba a experimentar.

Fui la primera de mis amigas en tener un hijo así que me sentí sola y con una responsabilidad enorme por ese ser que crecía dentro de mí.
Los meses fluyeron, las molestias no fueron pesadas, lo disfruté, pero ese miedo creció.

Llegó este niño hermoso y bien portado; no lloraba, dormía muchísimo pero en el día y durante tres meses me tuvo despierta 20 horas al día, me tomaba como su chupón humano y no se despegaba. Me sentía una improvisada de la maternidad. Tenía miedo de despertarlo, tenía miedo de besarlo y contagiarlo (de nada estaba sana), tenía miedo de llevarlo a dormir y dejarlo solo, tenía miedo de que alguien más lavara sus biberones y lo hiciera mal, tenía miedo de entrar a su cuarto y despertarlo. En resumen tenía miedo de todo, de equivocarme, de fallar y ser una mala mamá.

Y ¿Qué creen? Si, me equivoqué en todo porque quería ser perfecta y les tengo una gran noticia ¡No hay mamá perfecta!.
Relájense, disfruten y sólo den lo mejor, éntrenle con todo a la aventura más grande que es la maternidad, se equivocarán, lo remediarán; no hay competencias, la maternidad es algo que ocurre entre tú y tus hijos; extraños y/o conocidos absténganse de criticar o juzgar, de por sí es difícil esto de criar para todavía lidiar con otros ajenos a ello.

Así que si tú te sientes igual te digo que hay luz al final del camino, cada día te sentirás más segura; el instinto maternal no falla. Disfrútalo porque se va de volada; este año mi hijo, ese bebé cumple 15 años y créeme cambiar el pañal o hacer la papilla es pan comido a comparación a educar a un adolescente. Juega, ama y ríe lo más que puedas, toma muchas fotos, porque después ya no te dejarán, y habla mucho con ellos, déjale claro que lo amas más que nadie en todo el universo.

Felicidades mamás.

Mis amigas blogueras y yo nos unimos para esta celebración, quédate a leer.

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Sin niños

Antes rezaba por un ratito sola en la tarde, poder echarme un maratón de Netflix de un fin de semana.
El sueño de toda mamá; ser libre y tener horas para nuestras cosas. Poder ir a la exposición en el zócalo porque eso de llevar chamacos ya sabemos que terminará en: “Ya me cansé”, “¿Falta mucho?”, “Tengo hambre”, “Quiero hacer pipí”, e interminables frases que nos hacen desear no haber salido del hogar ese día.
De poder ir al cine a ver una película que no tenga ni princesas, ni gallos con muchos huevos en conclusión que sean para adultos, que actúen personas y tengan una trama interesante.
De poder comer tranquilamente sin corretear o amenazar con que no va ha haber postre. Disfrutar una copa de tinto y de una sobremesa de más de dos horas.
Pues les tengo una noticia debemos de tener cuidado con lo que pedimos porque los sueños sí se convierten en realidad.
Esas añoranzas ahora con el divorcio se han convertido en una forzada realidad.
Los fines de semana que le tocan al papá soy dueña y señora de mi espacio y tiempo. Y fíjense que los extraño. Extraño a esos seres que hacen mucho ruido y se quejan que hace calor o frío dependiendo. Que se molestan entre ellos y llegan corriendo para darte un abrazo con las manos llenas de lodo. Que te arman un drama porque los mandaste a hacer la tarea y una hora después te regalan una florecita de jardín. Esos pequeños que no se cansan de ti (por lo menos mientras les llegue la adolescencia) y quieren jugar Xbox contigo aunque su misión sea salvar tu pellejo en cada enfrentamiento.
Los primeros fines de semana se sienten eternos, con un hoyo en la panza. Cuando regresan antes de que termine el domingo ese abrazo y el grito de “¡Mami!” Se siente como si por fin estuvieras completo.
Y te sientes que vuelas cuando te dicen: “Te extrañé mucho”. Porque tenemos miedo de que nos borren de su mundo, que ya no nos quieran o nos echen en cara que su papá ya no está en la casa.
Cada vez esos pequeños grandes humanos están más tranquilos de irse de aquí y disfrutan mucho estar lejos de mí, eso debería doler pero la parte no egoísta de una madre desea que sean felices aún sin estar con uno.
Cada vez es más fácil organizarme un dos por uno en el cine el fin de semana. Salir con mis amigas los sábados, lo cual estaba “off limits” mientras estuve casada o tomar un curso de macramé si se me hinchara la gana.
Libertad, la añoramos y al mismo tiempo qué difícil es de manejar.
Creo que lo peor fue el fin de semana pasado que me topé con una amiga en el centro comercial y ver su cara de terror cuando le dije que iba al cine sola “¿CÓMO TU SOLAAA?” Esas tres palabras calaron mis huesos. Ya estaba por iniciar la película pero sino le hubiera dicho que en mi carrera la tarea era ir a ver películas y desde entonces lo disfruto mucho, que con tanto amigo virtual que tengo en Twitter o Facebook por más de cinco años no he comido realmente sola. Que mis lugares favoritos son cafés en aeropuertos en los que un capuchino y una revista llenan esa silla vacía del otro lado de la mesa.
No me dio tiempo pero de verdad le quise decir que no me vea con pena o sienta lástima; que siempre he disfrutado mi soledad.
Y si hay quienes le huyen.
Otros como yo tomamos la cosa con filosofía después de un fin de semana serán dos semanas enteras de tener de nuevo ruido, gritos, regaños, amenazas, carcajadas y mucho amor en la casa.

En el parque que crecí

Si hay algo que les gusta a mis hijos es andar en bici, pueden estar horas dándole a los pedales sin cansarse. Son felices.
Hace poco fui al parque que está cerca de la casa de mi mamá. En el parque en cuestión pasé mi infancia, adolescencia y ahora que regresé me dio un gusto enorme ver que lo han puesto más bonito.
Los vi disfrutar. como yo lo hacía, dando infinidad de vueltas en la bici. Me preguntaban si yo salía a andar en bici y les platiqué de cuando me persiguió un perro que casi me mordió, también cuando pasé un tope y me caí y sí, también les dije que lo que más me dolió fue la vergüenza que el golpe.
Les conté de mis amigos y mis amigas, de que salía todas las tardes a caminar con mi mamá y de que el niño más guapo casualmente salía a la misma hora que yo en su patineta y lo jalaba su pastor alemán.
Cuando aprendí a manejar cambié las vueltas caminando por las vueltas en mi coche, un Tsuru azul claro que podría poner en aprietos a un Dodge Shadow turbo. No por nada mi mejor amigo me decía “Fitipaldi”, pero eso no se lo vayan a decir a mi mamá.
El caso es que, en ese parque, viví muchas cosas. Ahora me encanta disfrutar y compartir más aventuras con mis hijos en otros parques como el de viveros, el de los coyotes, en Xochitla o el último que visitamos, el parque ecológico Tepozteco; gran experiencia que en otra ocasión platicaré.
Esta última semana de vacaciones aprovéchenla y visiten algún parque juntos.

Seguridad, Gratitud y Perdón.

Sabes que estás en paz cuando puedes dormir tranquilo, sin angustias, sin ansiedades.

Últimamente he estado tomándoles fotos a mis hijos dormidos. Me encanta su paz. Su tranquilidad al dormir, puedo verlos así toda la noche.

Mi hija duerme con peluches, los abraza, su favorito es un perro pastor alemán, pero me pregunto: ¿necesitará sentirse protegida?
Mi hijo pone en su buró a su elfo mágico y me pregunto lo mismo: ¿Necesitarán un refuerzo en la noche; algo en el que ellos depositen sus miedos?

¿Qué podemos hacer como padres para que conserven esa paz que tienen los hijos?
Lo que he leído y aplicado son 3 cosas:
1. Mostrarse como un padre seguro.

Somos su ejemplo y su pilar. Esa seguridad se les transmite a veces sin decirlo con palabras. Ellos lo saben. Un padre fuerte que sabe lo que hace les da estabilidad.

2. Gratitud.

Recordarles lo afortunados que son. Es cierto que los niños y más los pre-adolescentes se sienten que si no están con el último gadget no pertenecen a su grupo de amigos, las niñas si no estrenan outfit cada fiesta están “out” es por eso que hay que recordarles que tienen todo; escuela, techo, comida, familia, amor, amigos y enséñenles a dar gracias por eso mismo.
Les recomiendo un documental mexicano “Los Herederos” (lo encuentran en YouTube) sobre el trabajo infantil en México; yo llevé a mi hijo a ver el documental a los 7 años y entendió perfectamente la fortuna de poder ir a la escuela y hasta de tener tiempo para jugar.

3. Perdonar.
Creo que este punto es el más importante. Debemos aprender a soltar rencores, apegos y personas.
En algún lugar me dijeron que eso de no desprenderse viene desde que somos bebés. Ya saben que hay una etapa en la que los niños toman algo y lo tiran, uno lo levanta y se lo vuelve a dar al pequeño; acto seguido el bebé lo vuelve a tirar y se repite la historia cien o mil veces más y ¿cómo reaccionamos los adultos? Exclamando al borde de la historia: “No lo sueltes”, “Agárralo fuerte” y es así como comienza nuestra historia con los apegos.
Enseñar a los hijos a soltar es con paciencia, respeto, cariño y comunicación. Se vale estar triste, que duela pero el sufrimiento si es opcional. Y el perdón libera al que lo otorga no al que daña.
Cada uno como padre tenemos instintivamente estas enseñanzas, pongamos un poquito más de atención a nuestras acciones que son las que al final los hijos terminan aprendiendo.
Les deseo Paz.

Futuros votantes

El domingo pasado levanté a los niños y les dije que iríamos a votar. Sus caras de flojera afloraron y la nena de 7 dijo: “¿Para qué mamá? Si no hacen nada”

En mi mente dije: “Ay guey, ¿cómo lo sabe?”
Todas las campañas amarillista y negativas entre los partidos calaron duro en la mente de esta nena. ¿Cuántos más pensaran igual? ¿Cuántas abstenciones resultarán de esta forma de pensar?
Y pues fueron muchas.
Lo que me preocupa es que en el futuro esta apatía o esta rendición de “nada de lo que hagamos servirá de algo” cale en los pequeños y futuros votantes.
Debo de confesar que casi le hago caso a la niña y casi falto a ejercer mi derecho y obligación de votar. Pero como padre y ejemplo de mis hijos fui. En el camino les platiqué por qué es importante que ellos se involucren. Les dije que en el futuro ellos harán el cambio que necesita el país. Que las mamás necesitan más protección y leyes que les permita trabajar y estar con sus hijos también. Que necesitamos proteger a nuestro país de personas que solo buscan explotarlo y llenarse de riquezas amparados en un puesto que es en esencia para servir al pueblo y a los mejores intereses del país no de un partido.
Se educa con el ejemplo, así que todos fuimos a las urnas y después fuimos a andar en bici, a comer papas y a ver a la abuela.
Les dije que hay países en los que no hay libertad, en los que no podrían entrar a una tienda y comprar productos de la marca que ellos elijan. Que hay países en los que encontrar pañales o papel higiénico es como sacarse la lotería.
Todavía no tienen claro lo afortunados que somos, también de poder ir (en la mayoría de los casos) a votar en paz; pero para eso estamos los papás para hacerles entender que si algo tenemos que defender es nuestra democracia y libertad.
Y ustedes ¿Fueron a votar?