Mi ex “El gato con botas”

Corría la mitad de los años 90’s cuando regresé de mi intercambio por la Hermana República de Wisconsin o mejor conocida como “La Tundra Americana”.
Mi ex novio como ya les he contado era el hombre físicamente más perfecto que he conocido.

Yo, una mexicana perdidamente enamorada de Anthony, de la lacrimógena serie “Candy Candy” caí redondita ante este Tony de carne y hueso. Pero a nivel intelectual me quedó a deber. Me di cuenta de la dimensión de este vacío cuando de regreso del Thanksgiving en casa de sus padres tuvimos una platica sui géneris.

Viajábamos a través del paisaje que estaba pintado de ocres, era el final del otoño y las hojas caían, el cielo se pintaba de rosas y naranjas, con su mano izquierda tomaba el volante y con la derecha sostenía la mía (de verdad muy romántico) hasta que mi perfecto Adonis abrió la boca y me confesó que a él no le gustaría ser vaca sino árbol (inserte emoticón de desconcierto).
Yo intrigada le pregunte el por qué, a lo que me respondió: “Imagina que aburrido sería estar tirado (como vaca) en el pasto todo el tiempo, por lo menos si eres árbol en cada estación cambias de peinado”. Juro por mi vida que estuve a punto de soltar la carcajada pero lo vi tan serio, de verdad, que me dió pena y asentí.

Después, no les miento, ya no lo ví tan guapo. La conversación se centraba en que si Green Bay llegaría al Super Bowl con Bret Favre o no.

Regresando a México me despedí de Homero Simpson versión guapo y conocí a su opuesto. Mi mejor amiga me presentó a un amigo de su novio. No era guapo, ni feo, eso sí muy chaparrito pero brillante; abogado, doctor en derecho por una universidad europea, eso sí me representaba un reto intelectual, lo chaparrito no me importó.

Salimos a cenar entre semana siempre de traje y corbata; la platica era cada vez más interesante. Sus neuronas alborotaron mis hormonas hasta que llegó el fin de semana, maldito fin de semana y su ropa casual.
Llegó con una camisa tipo Versace, esas de estilo Luis Miguel en “No culpes a la noche” pero pirata (inserte emoticón de llanto), jeans verde botella y botas vaqueras con un poco de tacón por aquello de la baja estatura.

Su gran inteligencia no abarcaba el área de estilo. Pero no quise rechazarlo así que me propuse realizarle un análisis de imagen y re ingeniería de vestuario completamente gratis y obvio sin que se diera cuenta.
Pasó otro fin de semana y aparecía con una camisa similar en colores distintos y los jeans pasaban del verde botella al azul chiclamino, pero eso sí, las mismas botitas.

Un día le cuestioné su singular estilo, siempre con tacto, muy chic y me dijo que le chocaba ir de compras así que si encontraba algo que le gustara compraba lo mismo en colores distintos.
Oh mi Dioooooooor!!!!

Mientras salíamos conocí a su familia muy tradicional al punto de las épocas de la revolución; la mamá le servía a su esposo e hijo, cuando ellos terminaban ella y yo podíamos entonces sentarnos a comer, si de esa tradición machista y misógina.
En otra ocasión me invitaron a una reunión familiar, en cuanto pasó la señora ofreciendo refrescos me levanté y le pregunte que en qué podía ayudarla, el gato de su hijo me jaló de nuevo hacia la silla y al oído me dijo: “Deja que nos sirva”.
Terror.

Desgraciadamente ya estaba enamorada del gato con botas pero bastaron dos gotas de agua las que derramaron la relación.
Una fue que mis amigas ya no me invitaban a salir los fines de semana porque no nos iban a dejar pasar al antro de moda, la combinación Versace pirata más bota vaquera no era combo ganador. Así que el día que convencí a una de ellas de salir con su novio e ir a bailar me dijo: “Solo dile que se ponga traje, ahí no hay pierde”.

Cuando le dije a mi novio puso cara de “Qué flojera” pero accedió. Llegó por mi con camisa negra y pantalón de vestir del mismo tono. Mi amiga al bajar del auto me felicitó a sus espaldas, mi novio fue hacia la cajuela para sacar su saco y  ¡Oh sorpresa! era un saco blanco de piel nacarada.

Créanme quise correr de la pena ajena que me dió. Mi amiga se quedó helada y me dijo: “Quédate en el área de valet, yo hablo con el cadenero y cuando nos dejen entrar le corres antes de que lo vean bien y se arrepienta de habernos dejado pasar”.
Todavía me acuerdo y me río.

La otra gota fue cuando le comenté, muy afectada, que una amiga tenía una crisis porque cachó a su papá con la amante. Este hombre simplemente me dijo: “Irene es súper normal mi papá también ha tenido algunas”. Terror, fue una bola mágica que me enseñaba mi futuro.
Creo que la ropa y el estilo pueden cambiar pero los principios y valores no. Y la verdad yo no tenía vocación de tapete.
Ese es el porqué se ganó el apodo de “El gato con botas”.

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