No pasa nada

irenebuena

En gustos se rompen géneros… y se conservan amistades, diría yo.

Bendito Dios por las diferencias. Pienso que si a dos amigas les encanta lo mismo, qué de peleas se ganarán por vestir lo mismo, elegir el mismo peinado y hasta salir con el mismo chico.

Yo por eso creo que he conservado casi a todas mis amigas porque no nos gustaba el mismo tipo de hombre. Excepto el guapísimo de Estados Unidos pero ese era un espécimen rarísimo muy difícil de encontrar en cualquier sitio; y aún así, una decía que era muy alto, otra que era muy pendejo y para la otra los árabes eran su debilidad.

A lo que voy es que esto de que a cada quien le gusten cosas diferentes me parece que es sano tener propios intereses y gustos.

Recuerdo que cuando empecé a salir con mi esposo, una pues quiere quedar bien, agradar y buscar cosas en común. Así que pedía lo mismo que él –tomaba whisky en las rocas– y, que me disculpen a las que les gusta, sufría en cada trago. Les digo una es medio tonta de joven. Hasta que llegó un momento en el que decidí pedir lo que a mí me gustaba. ¿Cambió algo? ¿Perdió interés o dejé de gustarle? Nooooooo. Esa es la cosa, no pasa nada.

Tememos tanto el rechazo que no nos atrevemos a decir: “A mí esto no me gusta. Prefiero aquello”. Es falta de madurez y de seguridad.

Creo que es la gran ventaja de llegar a una edad en la que por experiencia sabemos que no vamos a estar fingiendo para ver si nos acepten y tenemos ya la confianza que sólo el conocerse a sí mismo aporta.

Atrévanse a decir: “No quiero esto, prefiero aquello”, les aseguro que no pasa nada y además es un ejercicio de autoestima.

 

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Estar presentes

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Ahora que está la temporada de premios (la versión del maratón Guadalupe – Reyes hollywoodense) me encanta escaparme al cine. La semana pasada vi Boyhood o como le pusieron en español Momentos de una vida. No es espectacular, no les puedo decir que es una gran historia ni tampoco que está nefasta; pero para aquellas que tenemos hijos en los rangos de los chavos que salen en esta cinta es inevitable espejearse.

Filmada durante 12 años seguidos vemos los cambios físicos de sus protagonistas tanto en los padres como en los hijos y créanme que es un shock. El tiempo vuela en la pantalla (y eso que dura tres horas), eso me hizo reflexionar y salir de la sala con unas ganas locas de besar y abrazar a mis hijos. De disfrutar cada pequeño detalle y vivir al máximo los días.

En lo personal, me afecta mucho saber de padres (y algunas madres) a quienes les pesa la responsabilidad, les cuesta darse a sus hijos y compartir con ellos. Alguien me dijo que no es bueno juzgar, lo sé pero no los comprendo. Tienen la bendición de haberse convertido en padres y eso no los mueve; son seres egoístas que prefieren fugarse, buscar cualquier pretexto para no estar en casa ni con sus hijos.

Y les digo esto porque sé lo que es tener un padre ausente, es por eso que les hablo con razón, y les advierto que también los peores jueces son precisamente los hijos ellos se dan cuenta de todo, son pequeños no tontos.

También sé de primera mano que los hijos perdonamos rapidísimo, tenemos un amor ciego hacia nuestros progenitores, la memoria es muy mala si vemos que ellos se esfuerzan y cambian aunque sea un poquito.

Yo les recomiendo que no se aprovechen de este amor, si quieren estar en el futuro de sus hijos tienen que estar en su presente.

Aquí les dejo un mensaje de sus hijos…

Viajes y amigos

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Si yo pudiera disponer de una significativa cantidad de dinero, después de comprar una casa, cambiar mi coche y asegurar el futuro de mis dos hijos y de mi mamá me iría a la Ch…Bueno no, pero sí me iría a viajar bien lejos.

Para empezar viajaría a India con mi amiga Lucía, me pasaría a Dubai y a Shanghai, ya que andamos por allá. Visitaría en Holanda a Arcelia, mi compañera de la universidad, y compraría una propiedad en Miami para estar cerca de mi roomie adorada, Su-Nui.

Eso haría sin duda alguna; viajaría muchísimo. Pasaría temporadas en lugares diferentes.

También me encantaría mandar a un camp de basquet a mi hijo y a mi hija a un verano de arte en Florencia.

Compraría un avión, en el que pudiera llevar una semana a mis amigas a Necker Island, la propiedad de Richard Branson, para descansar, divertirnos y chismear.

Creo que no hay mejor inversión que los viajes y los amigos, así gastaría mi dinero. Haría lo que más me gusta: ver películas, leer y escribir, sin presiones, sin preocupaciones.

Seguiría apoyando organizaciones que ayuden a más personas a alcanzar su felicidad y salud. Invertiría en mi tranquilidad y evolución espiritual.

Total, soñar no cuesta nada. El desafío es lograrlo, así que a darle para ahorrar y planear el siguiente viaje mientras soy rica.

Mentiras

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No hay cosa que me ponga tan mal como cuando cacho a alguien que miente. ¿Qué necesidad?

Lo peor es saber que quieren verte la cara de idiota. Las mentiras salen a la luz; el mentiroso se echa de cabeza el 95 por ciento de la veces –o deja algún cabo suelto– y uno que no es tonto une los puntos y ¡boom! se entera de la verdad.

El fin de mentir es simple, es miedo a la reacción de la otra persona, miedo a las consecuencias. El mentiroso es cobarde.

Ojo, hay quienes no dicen cosas para no herir a otros. Pero si se les pregunta directo lo mejor es una respuesta clara y con la verdad.

El otro día mi esposo me prestó su coche. Se lo fui a dejar a su oficina y al estacionarlo, le pegué en la parte de adelante con un tope. Con las prisas se me pasó decirle y a los 15 minutos recibo un mensaje: “¿Le pegaste al coche? porque abollaste la facia.” Confieso que quise fingir demencia y negarlo (ya saben cómo son los hombres y sus coches), pero decidí decirle la verdad le contesté: “Si, fue estacionando el coche en tu oficina, le calculé mal y le pegué. Lo siento”. Fin del drama. Lo comprendió y no se hizo más grande el asunto.

Igual con mis hijos, les he dicho que les prometo no enojarme siempre y cuando me digan la verdad y se ahorren culpar al otro hermano o a elfos mágicos.

Si están junto a un mitómano huyan, huyan lejos porque quien no es honesto y no cumple su palabra, no respeta nada.

La clásica para aquellos a los que les han mentido: